El absurdo es aquello que rompe la línea de la lógica vital, que distorsiona el equilibrio de lo sensato, que trastorna el orden de los usos adquiridos.

Aquello que sorprende por lo inusual o atípico, por el escándalo o la anomalía que produce. En ciertos casos puede rayar en lo patológico o anormal, y en lo estrambótico. Según el diccionario de María Moliner, el absurdo es lo contrario a la lógica o a la razón. Una cierta dosis de absurdo puede ser divertida; puede hacer gracia si es irónica o mordaz; pero si se mantiene mucho tiempo llega a cansar, y si se realiza en un ámbito inapropiado puede producir rechazo. El absurdo en definitiva rompe el orden establecido. Todo depende del orden que rompa y del sentido del humor con que se realice. Hay cosas que merecen siempre un respeto. Pero si se efectúa con crítica y mordacidad inteligente puede ser aceptable y enriquecedor en determinadas situaciones y ocasiones. Si el absurdo siempre existió en la vida, no lo es tanto el que existiese en el arte. Hasta llegar al siglo XX, en el que una de las vanguardias históricas más transgresoras, el Dadaísmo, y a continuación el Surrealismo, lo introdujeron como materia y forma artística, y como característica principal de sus estilos. El Dadaísmo utilizó el absurdo como detonante crítico contra el absurdo de la guerra y más concretamente de la Primera Guerra Mundial. El Surrealismo lo utilizó para plasmar el subconsciente humano, descubierto por Freud en los tres estratos psicológicos del hombre, el “Ego”, el “Superego”, y el “Subconsciente”; siendo este último, en contraposición a los otros dos estratos, caracterizado por el absurdo, la irrealidad o realidad distorsionada, la ausencia de una moral, la carencia de voluntad y la falta de un razonamiento consciente. El absurdo se hace especialmente patente en los sueños y en la libido, de ahí que sean estos dos temas los más utilizados en el Surrealismo. Su cuestionamiento como arte está hoy fuera de duda, pues lo que en los años veinte podía ser revulsivo, repelente, libidinoso o procaz, hoy apenas ofende, dada la cantidad de extralimitaciones y barbaridades artísticas que se han producido posteriormente. Por otro lado, el Dadaísmo no siempre ha resultado disparatado e insolente, muchas veces ha sido arte-arte, innovador y descubridor de nuevas rutas artísticas, como en el caso de Arp o Schwitters, representantes respectivos del dadaísmo de Zurich y Hannover, los cuales aportaron al Dadaísmo la grandeza que posiblemente elevó el estilo a la categoría de vanguardia.

El Surrealismo, por su parte, ha sido uno de los estilos más atractivos y demandados por el espectador, acaso precisamente por plasmar ese inconsciente ilógico y absurdo que todos llevamos dentro. Si el Dadaísmo fue un estilo precursor del Surrealismo, el primero nació en 1916 y el segundo en 1925, el Surrealismo tuvo dos expresiones formales de diferente naturaleza, la figurativa y la abstracta, y tanto en una como en otra tuvo su influencia la corriente Dadá. El Dadaísmo, por tanto, es una de las vanguardias más subversivas y también menos conocidas; surgió en el año 1916, durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial, en el café Voltaire de Zurich; fue fundado por el poeta y músico alemán Hugo Ball y denominado intencionadamente con el nombre del sarcástico literato francés. En dicho café se harían unas tertulias de artistas, intelectuales y literatos, casi todos emigrados de la guerra, de donde saldría el grupo Dadá. Entre sus componentes se encontraban Tristan Tzara, poeta rumano que escribirá el manifiesto ideológico del grupo, el pintor y escultor Hans Harp y su esposa Sophie Taeuber-Arp, el pintor y escultor Marcel Janko, los escritores alemanes Richard Hülsenbeck y Hans Richter (el primero, autor del Almanaque Dadá, y el segundo, del ensayo Dadá. Arte y Antiarte, 1964), etc. Para denominar al grupo sus componentes eligen al azar en un diccionario Larousse la palabra “dadá”, que significa caballito en francés, demostrando con ello, desde su inicio, el predominio del absurdo, del azar y de la ilógica en su arte. Desde Zurich, el Dadaísmo se extiende a otras ciudades centroeuropeas y a Norteamérica (en este último país a través de Duchamp y Picabia), conformándose así grupos dadaístas autónomos, siendo los más relevantes, además del de Zurich, el de Hannover, el de Colonia, el de Berlín, y el de Nueva York.